Peregrinamos sobre la sangre de Corpus Christi: Julio Guerra, enfrentando al mismo tirano inmemorial

Peregrinamos sobre la sangre de Corpus Christi: Julio Guerra, enfrentando al mismo tirano inmemorial

Julio Guerra señalaba que con mayor razón tenía que estar en la primera línea. Su oficio era el de electricista. Pero su verdadera profesión fue la de revolucionario.
PRIMERA LÍNEA REVOLUCIONARIA

Julio Guerra nació el 13 de Julio de 1957, en el sector Forestal de Viña del Mar. Hoy estaría a días de cumplir 64 años, a él junto a los 11compañeros, los asesinó salvajemente la Dictadura en un burdo montaje.

Julio es recordado por su alegría y su capacidad de organizar a los niños con campeonatos y paseos por su cortesía, al ser capaz de bailar con todas las señoras de edad en las fiestas del vecindario y por la virtud de tomar fotografías de todo tipo de eventos, que después regalaba.

Hasta era capaz de propinar un buen castigo a alguno de los muchachos que se estaba portando mal en casa, sobrepasando temas que le correspondieran directamente.

Su capacidad infatigable de hacer bromas, que lo hicieron famoso en el barrio y en el liceo.

Un capítulo aparte merece aquella en que recolectó pacientemente cientos de hormigas en un paquete vacío de cigarrillos, para después echarlas a un compañero por entre camisa y espalda. Su condiscípulo terminó semidesnudo, gritando antes de entrar a clases mientras nadie entendía nada. Las sanciones graves no valían con Julio, se diluían.

Las artes del muralismo también empezaron en esa época de la enseñanza media.

Con posterioridad al golpe, a partir de fines de 1973, la miseria, la verdadera miseria en que se unían el terror y el hambre comenzó a enseñorearse en el sector.

Allí Julio Guerra fue desplazando los estudios por la dedicación a los comedores abiertos, a las ollas comunes. A la organización de centros juveniles en Forestal y otros sectores de Viña del Mar.

Estuvo entre los formadores del Comité de Derechos Humanos en el sector. Tiempos terribles, en una ciudad como Viña del Mar, que en su parte baja cuenta con un casino de juegos, donde los socios de la dictadura dilapidaban miles de dólares por noche, y con cerros llenos de poblaciones, donde la gente estaba viviendo la cesantía, el terror y la miseria.

Julio se desprendía de su ropa, para entregarla a quien no tenía, llegando hasta sin camisa a su hogar.

Hechos así generaban la inmensa solidaridad, en que muchos jóvenes comenzaron a abrir las puertas del temor, cuando se empezaba a asfixiar a todo un país.

Estudió desde Séptimo año hasta Tercero Medio en el Colegio José Cortés. Pero en Tercero, año 1973, ya no cumplía bien los deberes escolares y quedó repitiendo. Estaba abocado a la organización de comedores en Forestal Alto y Miraflores. La pobreza que había en ese tiempo y las campañas “del paquete” con que la gente colaboraba con algún alimento para que otra familia comiera.

Julio se embarcó en una actividad multiplicadora, incesante.

Formaba conjuntos con quenas y charangos.

De la publicación “El Rodriguista N° 65, de junio de 1994 extraemos el recuerdo de Mauricio Hernández, quien ya se encontraba en prisión desde 1993, en la cárcel de alta seguridad de la penitenciaría de Santiago.

“Flaco, “Guido”, “Arturo”, se decía que tú eras de esos militantes que por circunstancias de la lucha siempre estabas ahí presente en los principales “hitos” que realizaba el Frente.

Aparecías como algo mágico con tu caminar lento y tu experiencia a cuestas, ya fuese en el cálido Norte recepcionando fierros o en aquel 7 de septiembre heroico, o más al sur saboteando un enorme puente.

También se decía que conocías nuestra patria producto de tus responsabilidades como militante. Me parece que en todas las regiones habías trabajado en cada rincón y eras uno de los que más conocías a nuestros hermanos, los rodriguistas de cada provincia con sus particularidades.

Naciste de familia comunista, allá en un cerro de Viña, en los “altos” donde viven los humildes. Ya antes del nacimiento del Frente participabas en las primeras acciones audaces, esas para foguear el cuerpo y la mente, esas con “Salomón” y con “Joaquín”. Hermano de diversos oficios, trabajador de la construcción. Llevabas con dignidad tu sentimiento de clase, militante sistemático y meticuloso en las tareas que emprendías. Tenías una gran pasión, la fotografía, oficio y hobby, “leyenda” también.

Asumías con responsabilidad la separación de tu hija y de tu Compañera, esa que comprende tu partida con dolor y amor. Como hombre de pueblo y oficios, recuerdo tu ingenio para cada detalle y tu esfuerzo en el estudio. Cuántas veces nos dijiste lo necesario que era, eras un lector infatigable. Ese día martillaron tu vida y tus treinta tantos.

No cediste en tus convicciones, gritaste tu odio con plomo a los “perros, hasta el último aliento. Tus ojos no los pudieron cerrar.”

En 1977, era jefe político.

Exigía mucha responsabilidad y no dejaba pasar errores. Los militantes tenían que cumplir y nada se podía hacer a medias. Él les enseñó a ser rigurosos y prudentes, en un tiempo de mucho peligro, en que debían salir a tareas de propaganda en horas de toques de queda.

Julio volvió, en 1982, de Cuba, la situación se tornaba más seria.

En 1983 estuvo entre los fundadores del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Viña y Valparaíso. Empezó a trabajar con todo, en momentos en que empezaba a caer gente que estaba a su alrededor: amigos presos, amigos muertos.

Julio Guerra señalaba que con mayor razón tenía que estar en la primera línea. Su oficio era el de electricista. Pero su verdadera profesión fue la de revolucionario.

Su sueño era querer llegar a ser viejo. Ver el festival de la canción de Viña del Mar en democracia. Tener otro hijo después que cayera la dictadura.

Un día le dijo a su compañera que tal vez no iba a volver porque participaría en una acción difícil. Desapareció un mes y después volvió como si no hubiera ocurrido nada. Otra vez le señaló lo mismo: su silueta se perdía al bajar las escalas despidiéndose frente a la iglesia del cerro Forestal.

Nadie lo sabía, pero participaría en la Operación Siglo XX, el atentado a Pinochet.

Cuando regresó sabía que había dejado huellas en la casa del Cajón del Maipo. El 11 de septiembre de 1986, allanaron su hogar. Pero no era por el atentado, sino por un vecino.

 Esa vez Julio no tenía donde irse. Marchó donde un amigo al que ya habían detenido.  Aislado, tomaba un bus en Santiago y se iba al sur. Del sur regresaba al norte. Los teléfonos para emergencias que le habían asignado no contestaban. Nadie lo ayudó y no tenía que comer.

Se contactó con su compañera, para que lo ayudaran. Pero no se podían ver.

Cuando se tranquilizó la situación fue a Viña. Luego, se trasladó a Santiago, al departamento de la calle Pericles, en la Villa Olímpica.

El día de la matanza de Corpus Christi, Rosita, su compañera, se quedó dormida escuchando la radio y despertó, sintiendo el ruido que Julio hacía al llegar, arrastrando su bolsón contra la pared.

Al escuchar el listado final de nombres y domicilios que daban en el noticiario de la medianoche, Rosita recordó la dirección que había visto en un sobre, en el departamento en que había estado con Julio en Santiago.

El cuerpo de Julio quedó en el Cementerio de Santa Inés, el mismo en el que estuviera el presidente Salvador Allende durante todos los años de la dictadura.

Julio Guerra Olivares, de veintinueve años, desatas la furia del mar en tus ojos cuando disparan al interior del departamento, cuando solitario, cuando airado y terrible. Cuando creen que te matan y solamente empieza a nacer un nuevo día, porque los niños siguen jugando frente al edificio y en tus cerros de Viña del Mar y en Pericles 897, block 33, departamento 213, Villa Olímpica sigue el Jacarandá…

Nada esta olvidado, Nadie está olvidado

“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copia a sus amigos; nueve de cada diez la estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. (Rodolfo Walsh)

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